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MI BARCO (XIV) Motonave "N'Gola" (2)

 
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MI BARCO (XIV) Motonave "N'Gola" (2)
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EstebanCL




Registrado: 20 Ene 2009
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Mensaje  MI BARCO (XIV) Motonave "N'Gola" (2) Responder citando


[color=#000] MI BARCO (XIV) Motonave “N’Gola” [/color](2)



Por fin logramos partir, fue una tarde o noche, no recuerdo muy bien. Atrás, un país invadido con nuestra presencia y todas esas figuras que empalagan al que ha comido en abundancia del mismo pastel. Estaba desesperado por largar los cabos y escapar de la repetición de una película cuyo guión me era muy familiar.
Los primeros días resultaban entretenidos, Lazarito y yo recorríamos todo el buque buscando algo, una señal, tal vez amigos. Intercambiábamos frases con quienes se cruzaban a nuestro paso, ellos nos comprendían, nosotros también, la diferencia entre el español y el portugués era muy poca. Estábamos obligados a aprender aquella lengua y la mejor manera de hacerlo era en ese contacto directo con la tripulación. Nosotros éramos los más jóvenes del grupo cubano y la química funcionó desde nuestro encuentro en las oficinas del Ministerio de Transporte en La Habana. Luego, nacería esa amistad que nos convirtió en cómplices de nuestras fechorías.
Pedro fue el primero en abrirnos la puerta de su camarote, un mulato de casi seis pies de estatura, algo barrigón y medio calvo. Era natural de las islas de Cavo Verde, muy abierto y amistoso, más tarde conocí a otra gente de su tierra y el comportamiento era similar al de nosotros. Tal vez se deba a su situación geográfica o sencillamente por tratarse de isleños. Ocupaba la plaza de pañolero y carpintero a bordo, ese día sacó una botella y nos ofreció un trago.
Lazarito y yo bajamos a inspeccionar la gambuza, era inmensa y se encontraba totalmente abastecida, como debe ser. Siempre permanecía abierta, no había necesidad de cerrarla por esos temores al hurto que experimentamos en los barcos cubanos, no había una justificación para hacerlo. El refrigerador de ambos pantries se encontraba repleto de todos los productos necesarios para mitigar el hambre repentina y casi siempre nocturna. Leche, queso, jamón, huevos, helados, yogur, mantequilla, jugos, refrescos, formaban parte de las ofertas siempre disponibles al que saliera de una guardia. En los camarotes de los oficiales teníamos refrigeradores que contenían una pequeña reserva también, incluyendo vinos y después de la primera semana de navegación, se incluirían cervezas y refrescos. No había necesidad de bajar a la gambuza, es que cuando nada de lo disponible en el camarote y pantry lograba satisfacer un capricho o antojo, la cocina permanecía abierta y podías disponer de cualquiera de los productos guardados en sus refrigeradores.
Después de revisar la gambuza, Lazarito abrió el pañol destinado a las bebidas alcohólicas y cigarros. Yo no estaba acostumbrado a esa contemplación, bebidas de todas calidades y precios al alcance de la tripulación, caras y baratas, muchas de marcas famosas. Como teníamos asignada una botella semanalmente, me prometí probar las más caras de todas ellas, Napoleón, Chivas Regal, Dimple, Jhonny Walker etiqueta negra y Ballantines fueron mis favoritos. Algún champán francés nos hurtamos en Polonia, pero solo lo hicimos por monerías y filmar con dos puticas polacas. Vinos espumosos, rosados y verde formaron parte de nuestros experimentos. Una bebida que nos gustó mucho fue un aguardiente portugués de una botella hermosa, se llamaba “Anticuario” o algo parecido, era exquisita. Solo faltaba saber si Calero sería capaz de mantener abastecida aquella bodega, algo que dudábamos ocurriera por nuestra naturaleza y condición de internacionalistas.
El contramaestre del barco era un mulato muy claro, angolano de origen, pero rechazado por los suyos debido al color de su piel. Serían cuatro o cinco los mestizos enrolados en aquella nave y muy pronto comprendimos la distancia mantenida entre ellos y los negros de pura raza. Un sordo racismo era practicado a bordo, sin embargo, los cubanos éramos bien recibidos en apariencias.
Yo le iba impartiendo clases de navegación costera a dos agregados que teníamos a bordo, uno de ellos era de nombre Piedade y hacía la guardia conmigo. Mulatico con ojos color miel como los míos y de clase media, algo amanerado, muy educado, pero sin decidirse a salir del closet. Su padre era Capitán de uno de aquellos barquitos que se dedicaban al cabotaje en Angola. El otro agregado era un negrito bien prieto que alardeaba de su nivel cultural entre la tripulación. Por su comportamiento guardaba cierta similitud con el perfil de Miyares, algo zorro, envidioso, venenoso, conflictivo y muy complejista. Sin embargo, tenía una magnífica capacidad para manipular a los demás, y lo peor, como la mayor parte de la tripulación era analfabeta, resultaban pasto fácil para ese hijoputa, para colmo de desgracias, el negrito iba haciendo guardias con Miyares.
Amílcar era un muchacho muy inteligente y bien preparado, muy meticuloso para trabajar en las cartas y gustaba medir conocimientos. Cuando yo lo relevaba a las doce de la noche o al mediodía, permanecía una hora de más en el puente conmigo tratando de buscarme un punto flaco que nunca encontró. No le dije que yo había sido profesor de navegación en la Academia del Mariel, yo le daba cordel y trataba de entretenerlo para que me resultara más corta la guardia. Tenía una excelente teoría a su favor, algo que me sirvió para evaluar los conocimientos que se impartían en la academia portuguesa, pero yo lo devoraba con la experiencia poseída. Nos hicimos buenos amigos y tuve que soportar las protestas de su mujer por las frecuentes demoras en regresar a su camarote. Gina era una muchacha hermosísima y yo en mi caso no demoraría cinco minutos en el puente después de ser relevado. Poco tiempo después y soltando de la boca perfectos anillos de humo, uno de sus pasatiempos favoritos, Amílcar me manifestó que Miyares era un burro. Sonreí y no pude negarle la razón, era un burro de verdad.


A la izq. Leandro el timonel, Esteban Casañas al centro y el camarero José Matuteo a la derecha, foto tomada durante una fiesta en el salón de oficiales.


Da gusto navegar en un buque con una velocidad de 18 nudos que aumentan cuando existe corriente a favor, disfrutas cuando entregas la guardia y mides las millas navegadas sobre la carta. Puedes darte cuenta de la marcha cuando el grupo de olas Kelvin viajan casi pegadas al casco y eres tú el que se da el gustazo de pasarle a otros barcos. Nos asignaron como puerto de descarga a Bejaia, pero al consultar el inventario de cartas náuticas, solo disponíamos para recalar hasta Argel. Calero decidió entrar a ese puerto y fondear para buscar una solución. Vimos desde el puente que había un barco soviético fondeado y no dudó en encomendarme la misión de convencer a nuestros “hermanos y camaradas” para ver si nos proveían de las cartas para continuar viaje. Prepararon uno de los botes salvavidas y partí rumbo a la nave con la chimenea de la Hoz y el Martillo cargando conmigo un bolso con varias botellas de bebida.
Ya deben imaginar todo ese misterio que se vive en los buques socialistas de aquella época, el guardia del puente llamando al Capitán para anunciar la presencia de un bote salvavidas con cuatro o cinco negros y un solo blanco a bordo. El Capitán solicitando la presencia del Comisario Político y el informante de la KGB antes de tomar una decisión. El informante solicitando una reunión de emergencia con los secretarios del partido y komsomoles para analizar si el blanco a bordo del bote era agente de la CIA. En fin, pasó más de una hora en lo que decidieron bajar una escala de gato. Me llevaron hasta el camarote del Capitán, y por supuesto, estaba acompañado de varios personajes como ocurre en los buques cubanos. En inglés le expliqué varias veces cuál era nuestra situación, se la repetí tantas veces que estuve a punto de recoger el bolso y largarme al carajo. Yo no hablaba mucho inglés, pero coño, me entendían hasta en la misma Inglaterra. Aquellos rusos de mierda solo hablaban “Tom is a boy y Mary is a girl”. Estaban perdidos como varios capitanes nuestros que conocí y fueron ascendidos por su militancia. ¡Carajo! Al fin me entendieron y llamaron al Segundo Oficial, fui con él hasta el puente y me despedí de aquellos trogloditas. Las cartas estaban en ruso, poco importaba, más o menos conocía su alfabeto, solo me importaba la configuración de la costa, su escala y el plano para realizar el aproche al puerto. El rusito me resolvió y bajé por la escala de gato como un pedo, tenía deseos de regresar a mi barco, me espantaba ese ambiente.
Recalamos en pleno Ramadán y nos demoramos varios días para poder entrar a puerto. Hubiera sido mejor esperar en el fondeadero hasta la terminación de ese período religioso practicado por los musulmanes, es desesperante ver la lentitud de las operaciones de descarga sin esperanzas de terminar. Debíamos descargar unas dos mil toneladas de sacos de café y nos demoramos en esa operación más de un mes. Allí se encontraba atracado un barco español con el que hicimos magníficas relaciones, compartíamos con frecuencia y la única distracción era intercambiar visitas para matar la angustia y aburrimiento que se vive en ese caso. Se estableció muy pronto esos lazos de amistad tan natural entre marinos, y como es de suponer, existieron intercambios de intereses y experiencias sobre contrabando.
Una de esas noches, Lazarito y yo recorríamos los cuatrocientos metros que separaban a ambos buques con unas carretillas del puerto cargadas con sacos de café vendidos a un marino español. El guardia de portalón angolano nos observaba sorprendido y vimos la pregunta en su rostro, ¿estos son bandoleros o los internacionalistas que nos presentaron en la última reunión? Algo muy bueno tenían aquellos hombres, eran discretos, sordos, ciegos y no habían sido infestados por el virus de la “chivatería” vivida en nuestra flota. Podíamos movernos con toda confianza y sin temores a ser delatados. Días después, observé de madrugada una caravana de carretillas manipuladas por negros en dirección al barco español, habían aprendido la lección.


En los extremos dos amigos de la isla Sao Tomé, al centro Esteban Casañas y su amigo Pedro el pañolero, mencionado en este trabajo.


Llegamos a Cádiz en una arribada forzosa con pretexto de reparar la caldera del buque, lo cierto es que fue una brillante oportunidad para abastecernos. Yo nunca había visto subir tanta comida a bordo de un barco cubano, era un camión detrás del otro. Unas quinientas cajas de cerveza y cualquier cantidad de garrafas de vino. Asignaron unos trescientos dólares por tripulante para la compra de ropa de frío y Lazarito y yo salimos a la caza de tiendas que nos dieran una buena comisión. Creo que logramos un diez por ciento del total de las compras, más nuestro equipaje gratuito, hicimos el pan y terminamos con buena mascada. Eso no fue todo, al final de las compra de los víveres, el proveedor del buques que nos abasteció, le dejó a Lazarito un sobre con cincuenta mil pesetas como comisión. Cuando contamos la cantidad de dinero que teníamos acumulado nos cagamos de miedo, entre el café vendido en Bejaia, lo poco que nos dieron de divisa, la comisión por la ropa de frío y la comprendida por los víveres, sumaban varios miles de pesetas, los suficientes para pagarle y abastecer a un buque cubano y más.
Calero nos invitó una tarde a comernos una paella valenciana y al salir por la aduana ocurrió algo simpático.
-¡Y tú, moreno! ¿No tienes nada para vender? Todos los negros que han pasado por aquí, han vendido algo. Esto lo conté en otra oportunidad, pero me dio tanta risa el rostro de Calero al escuchar aquello que debo repetirlo.
-Señor, yo soy el comandante de la nave. Le respondió Calero sin enojarse.
-¡Joer, esta lengua mía! ¿Qué voy a pensar que un negro es el Capitán del buque? Nos reímos con aquella expresión del andaluz y fuimos en la búsqueda de nuestra deliciosa Paella.
¡Qué clase de candela nos buscamos en Cádiz! La noche anterior a la salida, Lazarito y yo nos metimos en uno de los pocos clubes de perdición que existían en ese puerto, me refiero al Pai Pai. Andábamos cargados de plata, pero al parecer, yo era el único que andaba con los pies sobre la tierra. Enseguida, como por arte de magia, nos empatamos con dos chicas que indudablemente tendrían un por ciento de nuestro consumo. ¡Venga una botella de champán francés y otra de brandy Carlos I! Dijo Lazarito en medio de su nota que deseaba beber España en llamas, pero el alcohol le hizo perder la memoria, salíamos bien temprano esa mañana. Las dos españolitas estaban como para renunciar a todo, riquísimas, deliciosas, pero yo tenía la mente puesta en la escala del barco. A la salida del Pai Pai, Lazarito me dice que se va con la jevita y trato de evitarlo, yo sabía que estaba borracho, pero no pude contener su calentura. Le recordé varias veces el horario de la salida y se lo dije a ella. Despedí con mucha decencia a la que estaba conmigo, yo sabía que después del segundo palo me podía quedar dormido. ¿Qué hice a esa hora? Solo algo que se le ocurre a un borracho, paré un taxi y le pregunté al chofer hasta cuál hora él trabajaba. Me contestó que hasta las siete de la mañana. -¡Okey! Vámonos de juergas hasta esa hora y yo lo pago todo, incluyendo lo que marque el taxímetro, pero debes prometerme que a las seis y media de la mañana me pondrás en la escala del barco. Nunca he conocido a un chofer de taxis más cachondo o jodedor que aquel. Me paseó por todos los bares donde él se metía y me presentaba como su amigo o hermano. Estuvimos jodiendo y bebiendo hasta que nos avisó la luz del crepúsculo. Le pagué en la escala y subí al camarote, me había prohibido dormir, pero el alcohol me venció. A eso de las nueve de la mañana y con el buque demorado en su salida, Calero me despierta y pregunta por Lazarito. Le dije la verdad, había salido con una jevita. Revisamos el estado de las cuentas en su oficina y todo estaba en orden, no faltaba nada, yo estaba convencido de eso, todas las cuentas las sacábamos juntos. Partimos como a las once de la mañana y se consideró la ausencia de Lazarito como una posible deserción que me embarraba de paso. Yo me llevé unos binoculares para la popa y observaba frecuentemente el muelle de donde habíamos desatracado. -¡Master! Llame a la lancha de Prácticos y pídales que recojan a Lazarito en el muelle. Ya habíamos sobrepasado el rompeolas de entrada al puerto. Nos mantuvimos al pairo un tiempo hasta que embarcó y fue directo al camarote del Capitán donde se celebró una reunión de emergencia para pedirle la cabeza. Por supuesto, actuaría como fiscal el secretario del partido, me refiero a Carlos Collazo. Se determinó que tendría el franco suspendido en los próximos puertos.
-¡Te lo dije, Lazarito, cojones!
-¡Asere, tú sabes que un bollo jala más que un central! No pude quitarle la razón, era verdad, cualquiera se vuelve loco por ese huequito.


Esteban Casañas en el camarote del Capitán Raimundo Calero


Navegamos solos por todo el Canal Inglés, aún, sabiendo que las cartas náuticas no se encontraban actualizadas. La recalada a Amberes fue realizada en medio de un denso banco de niebla, yo era el que se encontraba de guardia con el agregado Piedade y por fortuna, Amílcar había decidido acompañarme en la aventura. Todo navegante debe conocer los riesgos que se corren en situaciones como esas, pero mi orgullo y ego personal me exigieron lo máximo para no quedar mal ante Amílcar. Muy bien pude haber despertado a Calero para llamarlo al puente, eso era lo correcto en tal caso, pero deseaba demostrarle al portugués hasta dónde éramos capaces de llegar los cubanos. Desperté al negro unos minutos después de establecer comunicación con el Práctico y mandar a preparar su escala.
-¡Cómprate un carro ahora! Le dije a Piedade, Webber el Comisario Político, Pedro el pañolero y otros tripulantes de confiar.
-¿Por qué? Me preguntó cada uno de ellos embargados por las dudas.
-¡Háganlo, coño! Se acordarán de mí, cuando metan el comunismo en su país no podrán hacerlo y ya les falta muy poco. Algunos se reían y consideraron disparatadas nuestras recomendaciones. Lo de ellos era templarse una blanca, poco importaba el precio. Muchos viajaron desde Cádiz a Puerto Santamaría o Sevilla con ese solo propósito, allí pasmaron todo lo que habían ganado por meter su trozo de carbón en un agujero rosado. Solo uno de ellos dio crédito a mis recomendaciones y se compró un buen auto. Fue Webber el político, antes de zarpar subimos con los puntales un flamante auto V W de uso, pero casi nuevo. Los otros tripulantes se quitaban los condones o se limpiaban el semen del tronco. Piedade se compró un magnífico reproductor de discos y casetes estereofónico, un gran equipo, pero no servía para moverse dentro de la ciudad.

Llegamos a Rotterdam con Lazarito condenado a cadena perpetua y yo haciéndome el santo. Mi camarote tenía dos puertas, una daba al pasillo interior del buque y la otra a la cubierta de botes. Acordamos guardar parte de su ropa en mi camarote y esperar a que Collazo y sus informantes se acostaran a dormir. Éramos tan santos ante los ojos de ellos, permanecíamos viendo televisión en el salón de oficiales hasta que se acostaba el último de los cubanos a bordo. Lazarito se cambiaba de ropa en mi camarote y partíamos por la puerta de la escala de botes. En la aduana solicitábamos un taxi.
-¿Para donde desean ir? Siempre preguntaban en un inglés defectuoso y la respuesta era la misma. Debo aclararles que Lazarito hablaba un inglés casi perfecto.
-¿Para dónde debe ser? Llévanos para donde hayan mujeres encueras, putas, perdición. ¡No se te ocurra llevarnos a un museo a esta hora! Siempre fuimos al lugar indicado, no hay mejor guía turístico que un taxista, ellos conocen perfectamente el bajo mundo de cualquier ciudad.
-¡Coño, Lazarito, ponte el condón y déjame templar tranquilo! Las borracheras de este hijo de puta resultaban a veces incontrolables. En aquel bar, las mujeres desfilaban desnudas entre todas las butacas y te ponían el bollo a la altura del olfato. Podías oler tranquilamente el vaho que transpiraban sus vaginas. Luego, se meneaban delante de tus ojos para alborotarte un poco más.
-Lazarito, yo no sé tú, pero a esta china me la singo yo. Sus curvas eran similares a las de una botella de CocaCola de los años cincuenta, exquisita. El mismo Lazarito quedó fulminado con la imagen de aquella asiática y me pidió que le solicitara otra mujer de su región. Apareció y nos fuimos a unos cuartos escondidos detrás de aquel escenario.
-¡Lazarito, me cago en tu madre! ¡Déjame templar tranquilo, hijo de puta! La puerta de mi cuarto se abrió y apareció la asiática que supuestamente debería estar templando con mi amigo desnuda. Me daba las quejas de que Lazarito se resistía a ponerse el condón. Yo estaba en ese momento totalmente desnudo y encima de mi deliciosa tailandesa. Unos segundos después se apareció el muy cabrón con demasiada tranquilidad y su pinga parada junto a mi cama.
-¡Aserre, yo no me voy a poner un condón!
-¡Hijo de puta, te vas a proteger contra cualquier enfermedad venérea!
-¡Yo no la tengo!
-¿Y si la tiene ella, imbécil? ¡Te está protegiendo!


Dos engrasadores del buque.


Llegamos al puerto de Szczecin en Polonia para completar nuestra descarga de café, la tripulación tenía plena confianza en nosotros y les servíamos como traductores en sus operaciones de contrabando. Como nos encontrábamos en un país aparentemente socialista, sabía perfectamente de la pata que cojeaban los aduaneros. Uno de ellos andaba en calzoncillos probándose unos Jeans que los angolanos deseaban vender, aquel espectáculo me causaba risa. El hombre me preguntó si tenía algo en venta y le respondí que un saco de café guardado en el sello del buque. Me mostró la llave y pocos minutos después se produjo la venta.
Esa noche salí con Piedade, creo que Lazarito no se sentía muy bien. Nos empatamos con dos chicas en la cafetería del Cascada, estaba localizada en un edificio de cuatro pisos donde se reunía todo el antro del bajo mundo de aquella ciudad. Cada uno de los restantes pisos era bar, restaurante discoteca, etc. Años posteriores el edificio fue devorado por un incendio y los delincuentes tuvieron que trasladar el estado mayor de sus operaciones a otro sitio.
Fuimos para la casa de mi amiga y Piedade no quiso desvestirse delante de mí, alegaba en medio de su borrachera que era católico y yo le decía que era maricón. Después de mucho batallar y sin poder convencerlo, su amiga lo llevó para su casa y según me contó al día siguiente, tuvo que templarse a la madre de la muchacha también. Un murmullo me devolvió a la vida esa mañana, me encontraba totalmente desnudo y sentadas en la cama se encontraban tres muchachas que conversaban animadamente con otras tres que estaban en el sofá y separadas entre sí por una mesita donde descansaban copitas con vodka y tazas de te. Sentí algo de vergüenza y traté de cubrirme inmediatamente ante las risas de ellas. Poco rato después apareció Piedade con su amiga y partimos para el barco en el taxi de un bandolero. Antes de dejarnos en el muelle el chofer me preguntó si deseaba que me recogiera en la tarde y quedamos que regresara a eso de las seis y media.
Lazarito y yo nos convertimos en los dueños del Cascada, cada uno cambiaba mil pesetas por mil doscientos zloty. El primer día pagamos cara nuestra condición de extranjeros, después dejábamos que nuestras amigas solicitaran la cuenta y todo resultó muy fácil y económico. Sentados en una enorme mesa con cinco o seis mujeres comiendo y bebiendo, el gasto de toda la noche nunca superó los mil doscientos sloty con propina incluida. Lazarito no era católico ni la cabeza de un guanajo, mi amiga le asignó el sofá cama y sin complejo algunos andábamos los cuatro desnudos y haciendo el amor como Dios manda, su chica era más hermosa que la mía, pero por mucho que lo intentamos, nunca quisieron aceptar un cambio de parejas. Serían putas, no lo dudo, pero nunca nos exigieron pago alguno por sus servicios sexuales con nosotros. Cada mañana, una vecina entraba con sus nietos a nuestra sala, nos traía algo de desayuno y se sentaba junto a nosotros en la misma condición que nos encontrara, totalmente desnudos.
Permanecimos cerca de un mes en ese puerto polaco y durante todo ese tiempo dormimos en la calle, Amílcar asumió todas mis guardias con la bendición de su esposa. Luego de estar detenidos un tiempo por falta de pagos en las operaciones, partimos rumbo a Rótterdam con el propósito de tomar carga para Angola. Desafortunadamente no puedo sintetizar todo lo que viene y finalizo como en el capítulo anterior, “continuará”.


Esteban Casañas Lostal.
Montreal.. Canadá.
2010-05-08


_________________
Y si tenéis por rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero comprobad que el trono que erigiera en vuestro interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.
Dom Jun 13, 2010 5:30 pm Ver perfil de usuario Enviar mensaje privado Visitar sitio web del autor
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