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MI BARCO (XIII) Motonave "N'Gola"

 
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MI BARCO (XIII) Motonave "N'Gola"
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EstebanCL




Registrado: 20 Ene 2009
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Mi BARCO (XIII) MOTONAVE “N’GOLA”



Otra vez el inconfundible silbato del cartero y su voz familiar pronunciando mi nombre, el toque en la puerta de quien se siente propietario de tu casa, seguido de ese escalofrío que experimenté en cada una de sus visitas. El sobre era entregado abierto como señal de que no tenías ningún derecho a privacidad, tal vez porque la saliva de los empleados del correo se había secado y no disponían de una esponjita con agua para pasar por encima de la superficie encolada. Pudo ser también que el sobre careciera de cola, cualquier justificación debía ser aceptada, vivíamos en tiempos de guerra. – ¡No puedes tocar un poco más suave! Le repetí lo mismo de la anterior visita y la anterior a esa, pero el muy hijoputa no acababa de comprender. Disfrutaba molestando, trabajaba amargado. No era fácil caminar todas esas cuadras bajo un sol implacable sin encontrar donde calmar la sed u orinar. Imaginaba el contenido de aquel telegrama, siempre utilizaban las mismas palabras. No me equivoqué: “Preséntese urgentemente en el departamento de Cuadros”. Miré la fecha y había sido expedido el día anterior, saqué cuentas y apenas llevaba una semana de vacaciones.
El olor a orine invadía toda la casa cuando dejaban la puerta del baño abierta, el agua entraba cada tres días por muy pocas horas y la acumulada en la bañadera no alcanzaba para bañar a ese batallón de personas viviendo bajo el mismo techo. Las mujeres se apuraban en lavar la ropita de los niños, los trapitos que habían viajado varias generaciones. El tiempo nunca les alcanzaba, había un solo lavadero en el patio, una sola pila de la que debía conectarse una manguera para llenar algunos tanques plásticos de los utilizados para transportar manteca desde Varna hasta La Habana, se compraban en la bolsa negra. Ese día era de fiesta, se descargaba el inodoro, aunque bueno, nunca paraba de echar agua durante el tiempo que estuviera entrando. El meluco, así le decían algunos a la bombita, estaba roto desde hacía varios años y no aparecía en ninguna ferretería. Si no era el meluco que estaba jodido, era el flotante, tampoco lo encontrabas en el mercado, estaban bloqueados por los yanquis. ¡Prohibido echarle un cubo de agua al servicio mientras fuera orine!, se acumulaba el de la suegra, algo dulce por ser diabética. Orinaban los niños y como siempre andaban apurados con sus juegos, lo hacían fuera de la taza, una pizca caía dentro. Meaba yo y trataba de agarrar puntería para evitar escuchar las protestas. Las más sacrificadas eran las mujeres, no las imagino pegando el culo en aquel recipiente repleto con varios orines diferentes, unas veces de un color ámbar muy fuerte. “Preséntese urgentemente en el departamento de Cuadros” Volví a leer mientras orinaba.
Por la noche el acostumbrado apagón que te dejó a medias cuando veías la novela, se pararon las aspas de todos los ventiladores y los más pequeños comenzaron a llorar. El calor humedecía todo tu cuerpo y sentías pegajosa la sábana. Los mosquitos comenzaban a realizar sus vuelos de reconocimiento, solo unos segundos duraban en sus exploraciones, luego se lanzaban en picada contra tu cuerpo. El olor a kerosene de las lámparas caseras, les decían “chismosas”, nadie sabe por qué. Calor, oscuridad, mosquitos, peste a orine y algunas veces acompañada de mierda, el niño que llora, el mayor que protesta y tu cama en medio de un pasillo por donde todos deben transitar. Duermes cuando llega la luz y funciona el ventilador, al menos sirven para espantar los mosquitos. Lo haces con la picha parada y te despiertas así con ella, como si estuvieras sufriendo priapismo, no puedes templar en esas condiciones, y si lo haces, puedes permanecer dos días con residuo de semen en el pito y recuerdas que lo hiciste cada vez que debas orinar. “Preséntese urgentemente en el departamento de Cuadros”, leo nuevamente mientras me sacudo el rabo, algunas gotas de orine salpican el borde de la taza. Estoy de vacaciones, pienso. Sirva solamente como escenario, no como una justificación.


Superestructura del N'Gola, caminando por el muelle José Yanes Madruga, Primer Electricista del segundo grupo. Foto tomada por el autor en Buenos Aires en 1978.

-Usted ha sido seleccionado para cumplir una misión internacionalista. Dijo el Jefe de Cuadros cuando me senté frente a él, lo acompañaba Eusebio, había sido engrasador en la motonave “Jiguaní”, no era mala gente. El jefe era nuevo en la Empresa, dicen que había llegado desde la industria láctea, debía suponer entonces que no sabía ni timbales de barcos y nos trataría como si fuéramos vacas. -¿Qué carajo le habré hecho a Dios? En cuanto salga de aquí voy a buscar un Santero para que me despoje, pensé. ¡Coño, qué mala suerte tengo! Solo disponía de unos segundos para pensar y tomar la decisión correcta.
-¿Y de qué se trata la misión? Fingí con el propósito de ganar tiempo mientras lo escuchaba. Si decía que “sí”, mantenía mi condición de oficial “confiable” para la revolución. Si decía que “no”, engrosaría las filas de los que fueron borrados como seres humanos. Yo estaba convencido de que no sería para ir a tirar tiros, para esos menesteres me hubieran citado por el comité militar del barrio. Por cierto, estando en la academia nos llegó una de esas citaciones, hablo en plural porque a Ríos le llegó también. Nos salvó en tablitas un marinero que se encontraba trabajando en el comité, se llamaba Oreste, un negro bajito, culón y de ojos saltones, nos conocíamos desde 1967.
-¡Muchacho, ni se te ocurra entrar! Me dijo a media cuadra de la edificación.
-¿Y no tengo bateos?
-No te preocupes, ellos saben que eres marinero y te imaginarán navegando, pero si te presentas vas de cabeza para Angola. Giré sobre mis pasos y escapé, pero heme aquí de nuevo ante la misma historia.
-Realmente no sabemos que tipo de misión debe cumplir, ha sido una solicitud del Ministerio de Transporte. Bueno, las cosas cambian un poquito, pensé. De todas maneras, si digo que “sí”, me van a lanzar para Angola, pero no como soldado. Tiene que ser algo relacionado con el giro marítimo o portuario. Si digo que “no”, voy para el grupo de los fantasmas. El apagón, el calor, los mosquitos, la peste a orine y con mierda de vez en cuando, el kerosene, la picha parada toda la noche, me vino a la mente mientras pensaba, ¿a cuántos no le habrá sucedido lo mismo?
-¡Oká! ¿Cuándo debo presentarme en el Ministerio de Transporte?
-Hoy mismo, Eusebio buscará todos tus documentos y debes partir hacia allá. Nos despedimos y encontramos que el pasaporte se encontraba vencido. Va y cuando sepan esto cancelan mi participación en esa cabrona misión, pensé.
Me equivoqué, estos hijoputas son demasiado eficientes cuando les urge o interesa algo. Me pasaron a una oficina, luego a otra, me tomaron varias fotografías y entregaron de paso una chapilla con una numeración.
-Debe tener colgada esa chapilla constantemente para en caso de fallecimiento poder identificarlo. Me dijo uno de aquellos dirigentes y me cagué, no digo yo, esas chapillas yo las había visto en todas las películas de guerra. -Mañana preséntese en esta oficina, allí le entregarán el pasaporte y el boleto de su avión, hágalo por la mañana. No será difícil encontrarla, se encuentra justamente frente a este edificio.
Así mismo fue, temprano en la mañana me entregaron los documentos mencionados y debía regresar en horas de la tarde con todo mi equipaje. Mi esposa e hijo cupieron en el auto, era un minivan V W, permanecieron conmigo hasta que abordé el avión. El niño estaba con fiebre y ella con el vientre inflamado.
Yo formaba parte de un pequeño grupo, todos nos conocimos en la oficina antes de partir. Calixto Veloso era el de mayor graduación, recién había finalizado sus estudios de Capitán. Yo iba con los grados de Segundo Oficial, Gabriel Rodríguez Bas Freixas tenía el rango de Segundo Maquinista. Lazarito iba como Sobrecargo, Balloqui como Técnico de Refrigeración y Naranjo de Primer Electricista. Por lo reducido del grupo ninguno pesamos que iríamos destinados a un barco, nunca nos pasó por la mente esa idea. Todos íbamos vestidos de civil y en la tienda del aeropuerto compramos una caja de ron Havana Club para el viaje. En la oficina nos entregaron el equivalente de veinte dólares para consumir durante la escala.
Éramos los únicos civiles que abordarían aquel DC-8 arrendado por Cubana de Aviación y similar al que volaron en Barbados. El resto de los pasajeros eran guajiritos militares vestidos ridículamente de civil, cualquiera podía comprender que eran soldados o pertenecían a una orquesta gigante, casi todos iban vestidos con ropa del mismo modelo y color, horrorosa. Por suerte para nuestro grupo, Veloso había pertenecido a la fuerza aérea y conocía al piloto que comandaba aquel avión. Nos sentamos en la cola y próximos al pantry. Las aeromozas estaban advertidas de nuestro origen y la atención fue especial. La primera escala fue en Barbados, allí permanecimos una hora y no nos detendríamos hasta Sierra Leona. Aterrizamos en un rústico aeropuerto sembrado en medio de una región selvática. Estuvimos una hora también hasta que finalmente levantamos vuelo con destino a Luanda.


Vista del frontón, foto tomada desde el castillo de proa en Buenos Aires.

Nos esperaba un negro gordo que abrazó efusivamente a Lazarito, era el Capitán Raimundo René Calero Torriente. Fue en ese instante que nos enteramos del final de nuestro destino, formaríamos parte de la tripulación del buque angolano N’Gola. Nos condujeron en dos autos hasta la escala real del buque y fuimos recibidos en el portalón por algunos negros que integraban la tripulación, ya era de noche. Nos indicaron cuál sería nuestro camarote y pasamos en pocos minutos al comedor. ¡Voilá! Coño, hasta Angola era perseguido por la mala suerte. Entre los rostros encontrados en el comedor, se encontraba el de aquel cabrón que navegó conmigo en el buque “Jiguaní”. Me refiero a Fernando Miyares Gutiérrez, vaya mala suerte la mía tener que lidiar nuevamente con este personaje. Él no era lo peorcito, allí estaba también el telegrafista Carlos Collazo, ya lo mencioné cuando escribí sobre la motonave “Habana”, un individuo de extrema izquierda y vertical hasta el cielo. Carlos Mendoza aparecía como jefe de máquinas, otro Carlos que pertenecía a las brigadas técnicas de Mambisa como tercer maquinista y un individuo flaco del que no recuerdo su nombre, quien pertenecía a los ferrocarriles de Cuba, iría como segundo electricista.
Todo ese rompecabezas se formó de la siguiente manera, Calero fue el interventor del buque por parte del gobierno angolano y como la tripulación decidió regresar a Portugal, fue colectando a estos patriotas de diferentes maneras. Mendoza andaba trabajando en un astillero de Lobitos, Collazo formaba parte de la tripulación del buque Las Villas o Pinar del Río, no recuerdo exactamente. Miyares se encontraba enrolado en un buque de los llamados por nosotros “gallegos” bajo el mando del Capitán “Blanco el Negro”. Estuvo lamiéndole el culo a Calero para que lo llevara para el N’Gola y aquel no ofreció resistencia, se quitaba a esa porquería de encima.
Por la parte de cubierta sobraba alguien y cuando vi la presencia de Miyares a bordo me presenté en el camarote de Calero.
-Capitán, veo que usted tiene completa la plantilla de cubierta y no encuentro razones para mi permanencia en este buque. Tiene a Velozo, recién graduado de Capitán e imagino ocupe la plaza de primero. Veo que al parecer Miyares se enrolará en este buque y los dos somos segundos oficiales, pero además, la lista la completa Amílcar el portugués. Como puede observar, sobra un oficial. Se me había olvidado mencionar al portugués, fue el único de la tripulación de ese país que decidió continuar a bordo. Lo haría acompañado de su esposa, una hermosísima muchacha llamada Gina María Silveira Pinto de Oliveira. Vaya tamaño de nombre que no he olvidado después de tantos años, nuestras relaciones fueron magníficas. Con ellos viajaría su pequeño hijito de meses llamado Vasco, un poco más tarde le celebraríamos su cumpleaños, hoy debe ser todo un hombre. No había mencionado tampoco al enfermero Pepito, Calero lo trajo de uno de los barcos cubanos surtos en Luanda. Se comportaba como el guarda espalda personal de Calero y dormía en uno de los sofás del camarote de este. Un viejo medio calvo y bonachón que se pasaba la mayor parte del tiempo borracho, por suerte para nosotros, el buque tenía un enfermero angolano muy bueno.
.-Casañas, no te preocupes. Vamos a continuar con la plantilla concebida por los portugueses en este barco, o sea, yo voy de Comandante, Veloso de Inmediato, Miyares de Primer Piloto, tú de Segundo Piloto y Amílcar Tercer Piloto. Respondió con la intención de calmarme.
-¿Y cuál es la función del Inmediato?
-Viene siendo un agregado de Capitán, pero va a realizar todo lo concerniente al cargo del Primer Oficial.
-Muy bien, yo creo que donde se trabará el paraguas es en los cargos siguientes. Si el Inmediato va como primero, debo suponer que el Primer Piloto cubrirá la plaza del Segundo Oficial. Si esto es así, yo le solicito que me mande para La Habana en el primer vuelo disponible porque no pienso realizar la función de Tercer Oficial nuevamente y menos debajo de Miyares.
-No te preocupes, tú eres el que se ocupará de esa plaza, yo pedí a La Habana uno bueno en este cargo y me dijeron que tú estabas disponible.
-Sí, pero algo debe advertirle a ese individuo, no lo quiero metiendo las narices en absolutamente nada de lo comprendido dentro de mi responsabilidad.
-Yo voy a conversar con él, así que mete caña y averigua cómo andan las cosas por el puente.
Salí de su camarote un poco más tranquilo, pero no convencido. Conocía de cerca la forma de actuar de ese cabrón y podía adivinar que nada funcionaría con tranquilidad. Amílcar se ocuparía de la plaza de Tercer Oficial, entonces podíamos suponer que Miyares viajaría prácticamente sin contenido de trabajo y en esos casos es cuando más joden estos individuos.
Fui sacando todo lo que existía en el puente para realizar un inventario, era la única manera de conocer lo que poseía para garantizar un buen trabajo. El buque se encontraba muy bien avituallado, solo detecté algo que consideré incomprensible. Tenían instalado un sistema DECCA NAVIGATOR y no poseían una sola carta de las necesarias para explotarlo, resultaba absurdo poseer ese equipo en el cuarto de derrota como un adorno más. En aquellos tiempos existían buques con sistema de navegación por satélite y en Cuba solo lo poseían los buques arrastreros de la flota pesquera comprados a España. Esa tecnología se encontraba en fase embrionaria y para que tengan una idea, el equipo receptor de aquella época se encontraba ubicado en un pequeño cuarto dispuesto para ellos solos, era enorme la abuela de los actuales GPS.
El DECCA era lo más avanzado antes de la aparición del satélite y se encontraba en franca utilización, tampoco estuve en algún buque cubano que lo poseyera y debía estudiarlo. Tomé los manuales y los llevé para el camarote, luego debía convencer al capitán para comprar las cartas especiales usadas para su explotación.


El buque "N'Gola" cuando se llamaba Blumenthal.


Calero nos llevó a una sastrería donde nos confeccionaron uniformes blancos, comenzábamos bien, pensé. El buque se declararía como “insignia” de la naciente flota angolana identificada como “Angonave”. Se celebró una magnífica fiesta a la que acudió Lucio Lara en representación del gobierno y en los archivos de ambos gobiernos, deben estar guardadas algunas fotos donde aparezco junto a él. El resto de los invitados estaba compuesto por toda esa morralla de oportunistas y burgueses de la nueva clase social en el poder, “el proletariado”. Ya conocía muy bien a toda esa fauna y me dediqué a lo mío, comer y beber en abundancia todo lo exquisito que se ofreció para la ocasión.
La alimentación era excelente y variada, los cocineros y camareros muy diferentes a los nuestros, me recordaron los primeros años en la marina cubana. Poseíamos enrolado a un panadero, ese era su trabajo, se consumía ese producto fresco en las tres comidas diarias. También iba enrolado un lavandero, era la primera vez que me encontraba con un caso como este. Lavaba toda la ropa del barco y se le podía entregar también la personal, pero ese servicio nunca lo utilicé. Mi ropa era lavada por un marinero al que finalizado el viaje le pagaba en moneda de su país.
Nos pasamos varios días con el barco cargado a full en espera de la salida, algo atrasada por culpa nuestra, Mendoza no daba pie con bola para arrancar la máquina principal y fue necesario traer a un ingeniero de La Habana. No era culpa suya tampoco, nadie le entregó el cargo y la complejidad de ese departamento no se puede comparar con nuestro trabajo en cubierta.
La tripulación era toda negra, solo unos tres mulatos se encontraban entre ellos. Los había también de diferentes nacionalidades, caboverdianos, saotomences, zairenses y de distintas regiones angolanas con diferentes dialectos. Todos ellos sumados al portugués, le daban un aire multinacional a una tripulación compuesta por cuarenta y ocho del país anfitrión más nosotros. Entre ellos, los angolanos hablaban el dialecto regional cuando deseaban que sus compañeros no los comprendieran. Entre todos estábamos obligados a comunicarnos en portugués, lengua que aprendí con rapidez por su cercanía con el español.
Puedo afirmar que la tripulación de esa nave fue una de las mejores, si no, la mejor con la que trabajé en todo mi tiempo de oficial. Excelentes marineros, disciplinados, laboriosos y por encima de esas cualidades, eran verdaderos hombres que no vivían pendientes de la vida de los demás.
Tenían a un muchacho ocupando la plaza de “Comisario Político” llamado Webber, definitivamente era una de las “botellas” creadas por el sistema que se iba imponiendo en aquel país, copia exacta del nuestro. Con poco contenido de trabajo, Webber no hacía otra cosa que vagabundear por el buque, aunque era menos agresivo que los “políticos” de la marina mercante cubana. Como era joven hubo pronta química entre él, Lazarito y yo.
¿El barco? Una magnífica nave que fuera construida en 1961, tenía 158.5 metros de eslora y su velocidad andaba por los 18.5 nudos, excelente. Poseía cinco bodegas, la número uno era refrigerada y tenía más capacidad que algunos de nuestros pequeños barcos dedicados a esta especialidad. Todos los puntales eran maniobrados por ostas eléctricas y su arranche podía ser realizado por una sola persona. Todas las tapas de los entrepuentes eran hidráulicas, detalle que aliviaba enormemente el trabajo de la marinería. Toda la tripulación vivía en la superestructura localizada en el centro de su eslora. En el alcázar, pequeña construcción existente en la popa, radicaba la lavandería y el taller de carpintería, porque entre otras cosas, el pañolero del barco realizaba esos trabajos con madera a bordo.
La excelencia de esa nave y que muy rápido logró enamorarme de ella, fue su divina acomodación. Todos los camarotes eran amplios e individuales, solo los del personal subalterno no poseían baños, cada uno con su teléfono. El comedor y salón de oficiales podía compararse con el lobby y restaurante de cualquier hotel de lujo. Teníamos además un salón de juegos con su mesa de ping pong, la marinería también poseía esos locales, pero sin el glamour y decoración de la oficialidad.


Otra vista de esa hermosa nave cuando se llamaba Blumenthal


Existió mucha generosidad por parte de la compañía naviera angolana, inicialmente nos asignaron un salario de quince dólares diarios y otros privilegios que disfrutaron las tripulaciones bajo el mando de los portugueses. Dispondríamos de un botiquín mensual con artículos de aseo personal, esa cajita que entregaron en nuestros camarotes, contenían jabón de baño, pasta dental, crema y loción para afeitar, máquinas y sus cuchillas. Tenía también perfume, talco, desodorante, ambientador para el camarote, cremas y otras chucherías. Recibiríamos diariamente medio litro de vino en el almuerzo y otro medio litro en la comida. Una botella de bebida alcohólica, una caja de cerveza y otra de refresco semanal más dos cartones de cigarros (estos últimos artículos debían ser pagados por los subordinados y oficialidad angolana) En el horario del desayuno se colocaría el menú del día y si uno no estaba de acuerdo hacía su solicitud a la cocina. No podía pedir más, aquello era el paraíso comparado con los buques cubanos, pero la felicidad dura muy poco en casa del pobre. Una hora antes de largar los cabos con destino a Argelia, se presentó en el buque el delegado del Ministerio de Transporte cubano y de nombre Amador del Valle, quien nos comunicó que nosotros nos encontrábamos en misión internacionalista y no podíamos recibir esa cantidad de divisas. Después de mucho pelear, logramos nos asignaran un dólar diario a partir de la salida del último puerto angolano. Resumiendo, la marinería del buque recibiría unos siete dólares diarios, la oficialidad angolana (muy pocos de ellos) y sin cargos importantes a bordo, recibirían once dólares por día.
Salimos en nuestra primera aventura y dejábamos en nuestra estela un país que se infestaba a pasos agigantados con la cultura y política de nuestras mierdas. Solo había transcurridos dos años desde mi viaje con las tropas destinadas a la guerra.
Como ese período de tiempo fue tan importante e intenso en mi carrera de oficial, no lo puedo sintetizar a solo cinco páginas y se impone la necesidad de otro capítulo. Como dicen en las series televisivas, continuará.

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá
2010-04-29


_________________
Y si tenéis por rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero comprobad que el trono que erigiera en vuestro interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.
Mie Jun 02, 2010 12:16 pm Ver perfil de usuario Enviar mensaje privado Visitar sitio web del autor
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