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ABUELA NEGRITA

 
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ABUELA NEGRITA
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EstebanCL




Registrado: 20 Ene 2009
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Mensaje  ABUELA NEGRITA Responder citando
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ABUELA NEGRITA[/center]

La negra, así me enseñaron a conocerla, pero con toda la intensidad y desprecio acumulado por el color de su piel. La negra, siempre pronunciada con ese acento despectivo que busca sepultar cualquier indicio de virtud. Insistían, machacaban constantemente dentro de mi cabeza infantil buscando tal vez, o pretendiendo, dejar esa semilla de odio que nunca es capaz de germinar en el corazón de un niño.

¡No la llames por su nombre, ella es una negra! Nunca alcancé a comprender el objetivo perseguido por mi abuelo materno, mi inocencia, maltratada con su enfermiza insistencia, no podía distinguir donde se ocultaba el fantasma de un rancio racismo que deseaban penetrara en mí.

-¡Abuelita negra, dame pan! Dijo mi hija de solo unos tres años y al escucharla no pude evitar saltar como un resorte.

-¡De abuela negra, nada! ¡Solo abuela! ¿Me escuchaste? Ella se asustó con aquella repentina reacción mía y rompió a llorar.

-¡Ven acá, mijita! ¡No llores, tu papá está medio loco! ¡Abuela negrita, bien! La tomó con ternura de su manita y con esa dulzura que nunca la abandonaba se perdió por la puerta de la cocina. Por allá las escuché cuchicheando algo sobre el papá medio peleón que era yo.

Una vez le dije negra, claro, sin esa carga de odio que quisieron inculcarme. Pudo haberse escuchado algo divertido, muy infantil, pienso yo. Ella mantuvo la calma y derramó sobre mi alma de niño toda la dulzura reservada quizás para otra ocasión. Después, no puedo precisar con exactitud cuánto tiempo había transcurrido en esa lucha de ella por conquistarme, me regaló una hermanita. Ya yo tenía tres hermanos blanquitos y no recuerdo cómo me dieron la noticia, solo que me alegré mucho porque era hembrita, algo nuevo. Camino a su casa, que no era tal, un humilde cuartucho en la carretera que unía al Moro y el Lawton, mi mente iba ocupada con ese pensamiento que no lograba abandonarme, ¿de qué color era mi hermanita? ¡Vaya sorpresa! No paraba de observarla mientras estuve junto a su cuna, era tan blanca como yo. La miraba a ella, lo hacía con su madre y nunca pude resolver aquella ecuación extravagante de colores.

Un tiempo después se mudaron para Los Pinos, otro cuartucho situado en 24 de Febrero y Finlay, era como si estuviéramos condenados a habitar todos los cuartos existentes en La Habana. Allí continuaron naciendo otros hermanos, unos tras otros, la familia se reproducía rápidamente, muy fecunda ella, como si fuéramos conejos. Aquellos hermanitos no salieron tan blanquitos, tampoco tan prietos, eran mulatitos. Bueno, se me estaba olvidando contarles que la negra, además de criar a sus hijos, que fueron cinco en total, cargó sobre sus hombros la suerte de dos hermanos míos carnales, dos blanquitos que no eran suyos. ¡Siete niños! Resulta fácil pronunciar esa cifra, pero muy difícil a la hora de calzarlos, alimentarlos y velar por sus fiebres. Ella lo hizo sin marcar diferencias entre unos y otros, todos eran sus hijos y es aquí donde radica toda su grandeza. Aquellos dos hermanos míos fueron muy afortunados, tanto, que para ellos no existe otra madre que aquella negra.

La suerte cambió de repente y mi padre, un gran “revolucionario” de sus tiempos, fue premiado con un magnífico apartamento en 49 B entre 74 y 76 en Marianao. Yo había crecido, me convertí en un hombre que violó su infancia y pubertad, un hombre de 14 años que portaba armas, metralletas de verdad y no las pistolitas o revólveres que traían los Reyes Magos. Durante mis pases del Servicio Militar, me convertía en el hijo número ocho de la negra. No solo debía hervir y lavar las sábanas meadas por mis hermanos menores, se sumaban también mis uniformes de militar. Nunca protestó, nunca manifestó estar agotada, nunca se sintió incómoda, todo lo contrario, no sabía qué hacer para complacer a su hijo mayor.

La felicidad siempre dura poco en casa del pobre y la mala suerte se ensañó sin piedad con ella. La “Patria”, la puta patria que ha servido de argumento para justificar el abandono de tantos de sus hijos, fue la causa que utilizó nuestro progenitor para abandonar a la negra con todos mis hermanos. No pudo haber ocurrido de una forma peor, los llevó a todos para Jatibonico, iba supuestamente a cumplir con un llamado de esa patria mencionada. Después, a cientos de kilómetros de su pariente más cercano, quedó la negra sola, desamparada, casi olvidada con siete hijos, mi padre escapó con una compañera de su partido. Recuerdo que una vez, cuando intentó marearme con sus falsos argumentos, solo alcancé a decirle algo, puede que sean las mismas palabras: ¿Cómo es posible que se sienta amor por un amigo, un compañero de trabajo, del partido, cuando se ha abandonado a nueve hijos? Eran nueve los que quedaron regados por el camino, cinco de la negra y cuatro blanquitos. No supo responderme, no podía hacerlo.

Esa fue la fecha en la cual la negra se convirtió en gigante, siete bocas para alimentar con solo dos brazos, admirable. No protestó, no reclamó, no abandonó a ninguno de sus cachorros, mulatos o blancos, eran de ella, les pertenecían. Regresó con toda su prole a Isla de Pinos, era el único sitio donde tenía parientes. La casa, si acaso pudiera llamarse así, se encontraba en muy mal estado. La luna y el sol se aprovechaban de ello para penetrar por sus paredes y disfrutar de todos sus secretos. La negra no cedió, nunca se dio por vencida, solo que ahora su tarea era un poco más difícil. No solo debía llenar siete barrigas, se imponía la necesidad de reparar y proteger su nido. Nadie puede imaginar cómo rayos lo hizo, pero lo logró.

Si la solución de todos esos problemas económicos que la agobiaron durante tantos años, pudiera ser interpretado como su mayor mérito, creo que se equivocan. Haber logrado mantener esa cohesión dentro de su núcleo familiar, y no solamente esa unidad, haber creado toda una institución indestructible basada en la existencia del gran amor sembrado entre sus hijos, esa ha sido su máxima victoria lograda al precio de un sacrificio que solo conocen los que vivieron dentro de aquellas cuatro paredes.

Hace solo unas semanas mi hijo viajó a Isla de Pinos para despedirse de su abuela negrita, no pude contenerme y escribí unas líneas mojadas con mis lágrimas. No conforme, llamé y pude entre dolorosos sollozos decirle algunas palabras a mi hermana, insistí en algo, que le dijeran cuánto yo la quería, solo eso. Muchas veces hablé con la negra por teléfono y siempre me salpicaba con sus lágrimas y me torturaba con la misma pregunta, ¿cuándo te veré?, no creo que vaya a morirme sin verte, me partía el alma.

Hoy dejó de respirar y no ceso en la búsqueda de todas sus virtudes, era sencillamente asombrosa. Recuerdo que una vez la llamé para informarle de la muerte de mi padre, ironías de la vida, siendo un extremista comunista murió en Miami. Ella lloró desconsoladamente por el autor de todas sus desgracias, indudablemente que su amor no tenía espacio disponible dentro de aquel cuerpo oscuro de piel, pero con un alma enchapado de diamantes.

Tengo el corazón arrugadito como una de las pasitas que adornaban su cabeza, todavía hay cosas que no comprendo, por ejemplo, la capacidad del ser humano para soportar tantos golpes y dolor. No entiendo que exista un Dios que castigue a los buenos con una dolorosa agonía, tal vez sea el precio que se deba pagar para entrar al cielo, no lo comprendo.

Espero que se lean estas líneas ante su féretro, un poco antes de que las primeras paladas de tierra comiencen a cubrir su caja. Espero que sirvan de homenaje a una mujer grande, enorme, gigante, a la mejor de todas las madres, negra ella. Espero que entre todas las lágrimas de mis hermanos se encuentren las mías, ese dolor nos pertenece a todos por igual. Entonces, cuando esa caja comience a descender en las profundidades de su tumba, quisiera que se escuchen las palabras de una niña.

-¡Abuelita negra, dame pan! Qué ironía, hoy es San Esteban.





Esteban Casañas Lostal.

Montreal..Canadá.

2009-12-26



Y si tenéis por rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero comprobad que el trono que erigiera en vuestro interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.

Otros trabajos pueden encontrarse en las sig. direcciones:

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Y si tenéis por rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero comprobad que el trono que erigiera en vuestro interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.
Sab Dic 26, 2009 4:44 pm Ver perfil de usuario Enviar mensaje privado Visitar sitio web del autor
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